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ATACAMA Y EL NORTE DE CHILE
EL DESIERTO DE ATACAMA, SAN PEDRO DE ATACAMA, CALAMA, IQUIQUE

Durante el día, el sol golpea inclemente pero las noches son frías y con cielos estrellados. De tanto en tanto, blancos salares brillan con el sol, encandilando los ojos y sorprendiendo con lagunas de color esmeralda salpìcadas de flamencos rosados. Enmarcando el paisaje, hay cerros azules, rojizos y morados que guardan riquezas minerales escondidas bajo la tierra. De esta pampa se extrajo el salitre, fuente de inmensas fortunas en el pasado, y aquí están también las minas de cobre más importantes del país, el gran tesoro de Chile.

Pese a la aridez éste no es un terreno muerto. Junto al soberbio paisaje, el suelo guarda miles de historias y testimonios arcaicos que hacen de él la capital arqueológica de Chile. El norte chileno fue testigo de la eficiente organización del imperio Inca, del intrépido cabalgar de los conquistadores españoles, del paso prudente de los pastores aymaras y de la ansiosa búsqueda de los mineros.

Los restos arqueológicos más espectaculares se encuentran en esta zona. En Arica se han desenterrado las momias más antiguas del mundo - las de Chinchorro - únicas en su tipo en toda América e incluso anteriores a las egipcias, con 7 mil años de antigüedad. En las laderas de los cerros aún pueden verse intactos los gigantescos geoglifos que hace mil años guiaban a las caravanas a través del desierto: enormes dibujos de animales, pájaros, hombres y figuras simbólicas hechos con piedras o raspando el terreno. De vez en cuando, algunos ríos bajan de la cordillera al mar y rompen la aridez para dar paso a verdes valles. Hace más de 10 mil años, éstos oasis atrajeron a las tribus nómades y siglos más tarde en ellos establecieron sus aldeas pueblos agrícolas y pescadores cuyas cerámicas y textiles hoy se exhiben en los museos. Los oasis también sirvieron como estaciones de paso a las caravanas en la ruta comercial preincaica que unía la selva amazónica con la costa del Pacífico. Si uno se interna por las quebradas todavía puede admirar bellos petroglifos y pinturas rupestres que representan rebaños de llamas, escenas cotidianas de los antiguos pastores.

El altiplano, por su parte, que se encuentra entre los 3.500 a 4.500 metros sobre le nivel del mar, es una estepa que recibe lluvias en verano (enero y febrero) y muestra un paisaje único y sobrecogedor. Hay volcanes de cono perfecto y cumbres nevadas - que pasan los 6.000 metros - rodeando albos salares, lagunas azules y pastizales dorados donde deambulan guanacos y vicuñas - los camélidos andinos. De vez en cuando, altera la tranquilidad algún ñandú que en su loca carrera parece sacudir el aire con sus plumas. El altiplano es la patria común de los pueblos andinos de Chile, Bolivia y Perú. Desde tiempos inmemoriales ha sido el hogar de comunidades aymaras que transitan con sus rebaños de alpacas y llamas, congregándose de vez en cuando en algún pueblo ceremonial para honrar a un santo patrono. Estas mesetas conocieron el esplendor de la cultura Tiwanaku (300-1100 d. C.), procedente del lago Titicaca, y del imperio inca que cubría la mitad de Chile hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI. Por aquí pasaba el Camino del Inca por donde los pies del chasqui (mensajero) corrían apresurados llevando noticias a los cuatro puntos del imperio. Todavía quedan restos de los tambos que les servían de paraderos.

Diseminadas en el altiplano y la sierra cordillerana, se levantan pintorescas aldeas con casas de piedra y barro, corrales de pirca y cultivos en terrazas. No falta el cementerio con sus cruces adornadas con guirnaldas de papel o de metal en ausencia de flores frescas. La construcción más importante del villorrio es la iglesia, legado de los misioneros españoles de los siglos XVII y XVIII. Rodeada por el caserío - uniendo creencias ancestrales con la cristiana traída por los evangelizadores - la iglesia es siempre hermosa dentro de su sencillez.

Es imposible no admirar su torre-campanario, el portal tallado con retablos barrocos, los altares policromados y la imaginería colonial de Cristos dolientes y Vírgenes milagrosas vestidas de terciopelo y encaje.

Vale la pena conocer estas aldeas y visitar sus iglesias. Es un agrado recorrer los mercados para mezclarse con esas mujeres de rostro curtido y sombrero de copa que llevan sus niños en las espaldas, dominan la medicina de las hierbas, preparan chuño de papa y charqui de llama, además de tejer maravillas en sus telares. Más de diez mil años de presencia humana se conservan en este grandioso museo abierto del norte, mientras ciudades como Arica e Iquique, situadas a orillas del mar, ponen el toque de modernidad. Al atractivo de sus playas y comodidades agregan una buena infraestructura turística para iniciar, desde ellas, excursiones hacia lugares arqueológicos, fuentes termales, pintorescos villorrios y Parques Nacionales.

Arica, ciudad de playas y "eterna primavera" en el límite con Perú, es el punto de partida para subir al Parque Nacional Lauca - declarado por la UNESCO reserva mundial de la biosfera - a más de 4.500 metros de altitud y donde confluyen las fronteras de Chile, Bolivia y Perú. Geoglifos a lo largo del valle, centenares de cactus y una secuencia de poblados andinos acompañan el ascenso al Parque, el cual incluye el Chungará, el lago más alto del mundo, rodeado de volcanes que se reflejan en sus aguas cristalinas. Aquí, al igual que en la Reserva Nacional Las Vicuñas y el Monumento Natural Salar de Surire, más al sur, hay vicuñas, guanacos, llamas y alpacas, además de centenares de especies de aves como flamencos (parinas), gansos silvestres, gaviotas andinas y una enormidad de aves acuáticas. Muy cerca del lago Chungará, está Parinacota, con sus casas blancas e iglesia del s. XVII decorada con curiosos murales que muestran a Cristo crucificado por los conquistadores. Este es uno de los villorrios más típicos del altiplano y forma parte de los pueblos que acompañaban "la ruta de la plata" que iba desde las famosas minas en Potosí hasta los puertos en la costa del Pacífico.

Siguiendo por la costa hacia el sur, Iquique se presenta pujante y entretenido con sus playas y excelente hoteles. Edificios y condominios recién construidos se entremezclan con las elegantes mansiones de corredores a la calle y terrazas techadas de los antiguos magnates del salitre. No sólo tientan en esta ciudad los cócteles de guayaba y banquetes de mariscos en los restaurantes frente al mar. A los aficionados a las compras un recorrido por la Zofri, la Zona Franca más grande de América del Sur, no les vendrá mal. Iquique es también punto de partida a interesantes panoramas. Desde allí, se puede visitar la pampa de caliche Humberstone, Santa Laura, Victoria y tantas otras salitreras abandonadas dan testimonio del tiempo del auge del salitre (1840-1920). Hoy son pueblos fantasmas, recuerdo de una época en que producían alrededor del 65% del "oro blanco" que consumía el mundo.

En la costa, playas solitarias de mar cálido y arenas suaves invitan a bañarse, a bucear o practicar surfing, mientras internándose hacia la cordillera, Mamiña - con bella iglesia (1632) y calles empedradas - ofrece fuentes termales y baños de barro. Por su parte Pica es un vergel con vertientes de aguas puras, piscina natural entre las rocas y cultivos de naranjas, limones, limas, pomelos, mangos y guayabas. De aquí es el famoso limón de Pica con el que se prepara el mejor pisco-sour. Sus casas antiguas se adornan con buganvillas y en el interior de la iglesia destaca una Ultima Cena con personajes de tamaño natural, al igual que en la iglesia de la vecina Matilla, famosa por sus alfajores con mieles de fruta.

En este rápido recorrido no puede quedar fuera La Tirana. Cada 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, aquí se celebra la fiesta religiosa popular más colorida y espectacular de Chile. Unas cien mil personas se congregan a honrar a la Virgen con sonoras bandas y cofradías de bailarines y "diablos" con vistosa máscaras y variados atuendos. La fiesta dura varios días y, entre puestos de comestibles, los peregrinos pagan sus mandas y entregan ofrendas a la Virgen, mientras otros toman y comen hasta la saciedad. Más al sur y hacia el interior, en el corazón del Desierto de Atacama, está San Pedro de Atacama, un lugar que nadie puede dejar de conocer. Más aún, si por falta de tiempo fuera necesario escoger un solo punto de la región para visitar, éste sin duda sería San Pedro, que entrega una síntesis del norte.

Después de cruzar pampas y cordilleras de sequedad total, San Pedro surge como un milagro verde en medio de la aridez. Es un encantador oasis de casas blancas, asoleadas calles y una plaza bordeada por añosos pimientos y portales de adobe. Frente a una antigua casa que, al parecer, fue ocupada por Pedro de Valdivia, se destaca la maciza arquitectura de su iglesia construida en la Colonia con barro, paja, maderas de cactus y algarrobo, y altar de piedra con nichos policromados.

San Pedro es punto de encuentro de cientos de personas que buscan un lugar especial. De ahí nace el ambiente acogedor y poco formal de sus pequeños restaurantes, tiendas y ferias que se alegran con el cantar de la quena y el charango. Cuenta con albergues y buenos hoteles y una organización turística de excelente nivel. Su Museo fundado por el misionero belga R.P Le Paige - padre de la investigación arqueológica en la región - posee más de 380.000 piezas que abarcan desde los albores de la cultura atacameña hace unos 10 mil años hasta la llegada de los españoles, incluyendo entre ellas cerca de 600 tabletas para alucinógenos - la colección más grande en su tipo - y centenares de momias, representantes de una estirpe que hizo del desierto su casa, de la aridez su cuerno de la abundancia y de lo inhabitable, reino de dioses y señores.

Cerca del San Pedro y ante la constante presencia del volcán Licancabur - la montaña sagrada - Tulor da cuenta de los primeros agricultores atacameños, con sus casas de barro en forma de iglú levantadas hace dos mil años. En tanto el pukara o fortaleza de Quitor, construido mil años después, habla del tiempo de los grandes señores, cuando abundaba el intercambio comercial con otras regiones y las caravanas traían de la selva plumas exóticas para los tocados de los chamanes y alucinógenos para que en las ceremonias rituales asumieran los poderes del puma, el cóndor y las serpientes. De esta ciudadela fortificada quedan restos de muros de piedra. Los mismos que fueron testigos de la llegada de los incas y presenciaron la victoria de los españoles cuando Francisco de Aguirre, ante el espanto de quienes no conocían ni caballos ni arcabuces, entró a ella con su caballería, se la tomó en poco más de una hora y exhibió en sus muros las cabezas cercenadas de los líderes atacameños.

San Pedro es el lugar ideal para caminatas, ascenso a las montañas y excursiones en mountain-bike. Ahí están el Valle de la Muerte con sus laberintos y montañas rojas al atardecer, la Cordillera de la Sal, fondo de lago emergido con inusitadas formas y brillos, el Llano de la Paciencia y el Valle de la Luna, con esculturas labradas por el viento y un paisaje lunar increíble y desolado donde la vida no se atreve a echar raíces. Acampar aquí en las noches de Luna llena es escalofriante pero aún hay más: El Salar de Atacama - el depósito salino más grande de Chile, con 3.000 km2 y cuyo litio representa el 40% de las reservas del mundo - viste de blanco interminables horizontes, interrumpidos sólo por flamencos y lagunas multicolores.

A una altura superior a los 4 mil metros, los géisers del Tatio - los más altos del mundo - dejan sin habla. Hay que estar ahí cuando los rayos del sol comienzan a iluminar el contorno de los cerros. Entonces las fumarolas alcanzan dimensiones insospechadas y el paisaje se envuelve en los vapores de esas aguas volcánicas que borbotean al surgir hirviendo desde el interior de la Tierra. Atmósfera fantasmal y dantesca que evoca los comienzos del mundo. En medio de este espectáculo se puede tomar baños termales en las piscinas o bien bajar a las Termas de Puritama para aprovechar sus aguas medicinales en un entorno de maravilla. Todo esto acompañado por el paisaje del altiplano, con volcanes, pequeñas lagunas y pampas amarillas donde corren las vicuñas. Pintorescos y antiguos pueblos como Toconao, Caspana y Chiu Chiu ponen la nota humana, mientras el pukara de Lasana (s. XII) invita a recorrer sus callejuelas rodeadas de edificaciones de piedra. Y no tan lejos, bien vale la pena una visita a Chuquicamata, la mina a tajo abierto más grande del mundo y una de las mayores productoras de cobre, con más de 600 mil toneladas anuales de cobre fino.

Finalmente, siguiendo hacia el sur llegamos a La Serena, luego de haber pasado por playas solitarias, por el Parque Nacional Pan de Azúcar con increíble variedad de cactáceas e islas pobladas de pingüinos, y por el valle de Copiapó que le ganó al desierto con parronales y plantaciones de frutas; a un desierto que en ciertos sectores y en determinados años explota en flores multicolores dando paso al famoso "desierto florido".

Con buenos hoteles y exclusivos condominios y resorts de moderna arquitectura, La Serena se ha convertido en la ciudad-balneario más atractiva de la zona. La extensa Avenida del Mar ofrece kilómetros de playa orillada por agradables cabañas, edificio de departamentos y pequeños restaurantes que se llenan de vida durante el verano contrastando con el ambiente colonial y tradicional de la ciudad, que incluye cerca de 30 iglesias antiguas. En las afueras, en el fértil valle del Elqui no sólo proliferan las papayas y uvas para la fabricación de pisco, sino también las ondas esotéricas pues, según se dice, posee misteriosas energías. De aquí es la famosa poetisa Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura 1945, y bien vale la pena internarse por el valle para conocer sus tranquilos pueblos y hermosos parajes.

Con los cielos más limpios y claros del planeta, en sus montañas de esta región se han instalado importantes observatorios astronómicos internacionales, siendo el de más fácil acceso desde La Serena el observatorio del cerro Tololo, el cual se puede visitar. Así, partiendo desde el extremo norte hemos ido encontrando una variedad asombrosa de atractivos que hacen de esta región un lugar fascinante para la aventura, la arqueología y el descanso. Un lugar donde es posible escalar volcanes, atravesar en mountain bike una meseta más grande que Holanda y tan alta como el Tibet, hacer trekking por el desierto más árido del planeta o volar en parapentes desde los acantilados costeros.



 

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